Laodicea
Aferrado
de noche a las ideas
surgen claras y evidentes,
innegables las verdades;
se aglomeran en mi frente.
coronándome de espinas.
Y desde el abismo
de las oscuras horas
escucho como llaman
a mi puerta, exclamando:
¡He aquí el veredicto
para el hombre sordo!
A ti,
que no fuiste,
suficiente animal
ni suficiente humano,
suficiente ángel
ni suficiente demonio,
suficiente luz
ni suficiente oscuridad;
¡Desventurado, Miserable!
A ti,
que no fuiste,
suficiente calma
ni suficiente angustia,
suficiente verdad
ni suficiente mentira,
suficiente recuerdo
ni suficiente olvido.
¡Pobre, sordo¡
A ti,
que no fuiste,
suficiente calor
ni suficiente frio,
suficiente risa
ni suficiente llanto,
suficiente amor
ni suficiente odio.
¡Escucha¡ ¡Arrepiéntete!
Entonces
desde esta nada
cubro mis vergüenzas
mientras curo mis oídos,
por un breve instante
el abismo es cumbre;
cuando percibo tu voz
y abro la puerta.
¿Cenamos juntos?
Y aferrado
de noche a los sonidos
surgen implacables
las soledades, las palabras:
¡El que tenga oídos
para oír! ¡Que oiga¡
Por: Hálvaro Goluboay
A: RISS / 12-01-25 / 23:45
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